El indio Añel quema su pasaporte cubano

Quemar el pasaporte cubano constituye un acto de liberación personal pero también un acto de creación. Recuérdese que el principal gancho con que el castrismo sostiene a su régimen es el chantaje emocional, esa cosa de la “patria” como nido y trinchera, la letanía de “tener que regresar allí”. Habría que romper el círculo vicioso, crear un espacio contiguo de regeneración. Así, al quemar el pasaporte cubano pongo en claro, a nivel práctico, que cualquiera es capaz de librarse del chantaje de marras, que la “patria”, el nido y la trinchera son conceptos vacíos sin libertad.

Como ha dicho Idabell Rosales, “imaginen a dos millones de cubanos quemando sus pasaportes… tanto poder que tenemos y cómo lo desaprovechamos”.

A medida que el pasaporte cubano arde, quien lo quema se ilumina. Ese documento es la carta bajo la manga castrista. Quemarlo es crear liberación.

Nací en el totalitarismo, en medio de las ruinas y la promiscuidad delatora. No conocí la Cuba anterior a 1959. Por eso me resulta relativamente fácil desvincularme de toda esa podredumbre. Nunca he entendido qué extraña de Cuba la gente de mi generación. ¿El mal olor? La escasez? ¿Las croquetas voladoras?

¿Tal vez el sexo barato? ¿O quizá se trata de posar de tuerto en el país de los ciegos?

Si viví allí 32 años padeciendo el sistema, como un animal enjaulado, ¿cómo no me voy a desvincular, a liberar? Usted solo puede derrotar a su enemigo si no depende de su enemigo. Usted solo puede liberarse si escapa de la jaula que tiene en su cabeza.

La servidumbre primero que nada es inmoral (es decir, antiética). La cuestión ética constituye la gran asignatura pendiente que mantiene a los cubanos en la servidumbre. Si de verdad les importa tanto la libertad de la patria –y menos la recholata en la “patria”–, deben aprobar esa asignatura a como dé lugar.

Quemé mi pasaporte. Vi al indio Hatuey ardiendo y olí el plomo del comunismo en el humo que ascendía hacia el cielo. Entonces me felicité de ser el indio Añel, el escapa’o. Y bailé en torno a la hoguera.

Francisco Alemán de Las Casas

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