¿Cómo no me voy a reír del Decreto 349?

Se asegura con insistencia que el poeta cubano Julián del Casal murió de risa, que una carcajada enorme, incontenible, le reventó un aneurisma y que tras la ruptura sobrevino la hemoptisis…, la quietud de la muerte. Existe también quien asegura que es mucho más sensato pensar que la culpable de aquella sangre que saltara, ante los ojos de quienes cenaron esa fatídica noche en la casa del médico Santos Lamadrid de la calle Prado, fue una “caverna tuberculosa”.

No sé quién tendrá la razón a la hora de reconocer la causa del deceso, pero existe una armonía en los criterios que jamás pone en dudas la enorme carcajada que antecedió a la muerte de aquel poeta cubano de triste espíritu, y yo, que no fui más allá de la deleitosa lectura de sus versos, he pensado mucho en él en los últimos meses, y hasta le imagino de vez en cuando alguna risa socarrona, y cierta indignación.

He imaginado a Casal en medio de esa carcajada incontenible que lo dejó en brazos de la muerte, y me hice algunas preguntas… ¿Qué jocosidad le habría provocado tanta risa? ¿Qué noticia lo dejó tan exaltado? ¿Acaso un prestidigitador lo puso frente a esos días habaneros que siguieron a la república que él no conoció? ¿Le hablaron de barbudos rebeldes y de una atroz censura que superó hace mucho al muy famoso lápiz rojo decimonónico? ¿Será que le parecieron tan exagerados los pronósticos que sobrevinieron; la carcajada, y la risa?

Quizá le hablaron a Casal de los horrores que padecieron tantos artistas cubanos tras el ascenso de los comunistas al poder. Si esa “jocosa” conjetura fuera cierta, si existió ese adivino que le hablara del fervor que le dedicara el poeta Lezama Lima y del ostracismo al que lo conminaron los comunistas en el poder, la reacción habría sido otra; primero incrédulo, atribulado luego, quejoso siempre.

¿Y si el adivino llegó hasta la historia más reciente y le explicó el Decreto 349? Creo que lo mejor sería no especular con la posible reacción de los grandes del siglo XIX ante un evento tan desproporcionado como este, cuyos propósitos no van más allá de la vocación controladora, y tan despótica de los comunistas, tan parecida a la que conociera Julián hace ya mucho. Esa revolución no merece ni burla, sobre todo si pensamos que esta se asocia a la risa, y no sería bueno pensar en la reacción del poeta tras enterarse de los desencuentros que ha provocado el Decreto 349 que tiene en vilo a la comunidad de artistas e intelectuales de la isla.

Sin dudas el vate habanero habría advertido lo arbitrario de ese Decreto del que tanto se ha hablado, y que despertó el repudio de muchos que pronto notaron su vocación marginadora y que tuvo como primer antecedente, hace ya mucho, aquellas palabras que dedicó Fidel Castro a los intelectuales, y que advirtieron de la imposibilidad de acción de quienes alejaran su arte del poder “revolucionario”, ese mismo poder que marginó a grandes cubanos.

( Cubanet )

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