¿En Santa Ifigenia celebraron la vida o la muerte?

Hace ya sesenta años que en Cuba se decidió, por decreto, que la celebración más notoria y rimbombante se ubicara en el primer día de enero, haciendo coincidir esa fecha con eso a lo que se dio el nombre de “triunfo revolucionario”, y que nos permitió despedir el año simulando que celebrábamos el “triunfo”. Y este año volvieron las solemnidades, pero a diferencia de cualquier primer día de enero, se escogió a un camposanto como asiento de la conmemoración. Esta vez la fiesta estuvo escoltada por cadáveres, algunos muy ilustres.

El cementerio de Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba, fue el lugar escogido. En aquel sitio donde reposan los restos del Apóstol José Martí, los de Carlos Manuel de Céspedes, Mariana Grajales, y otros grandes de la patria, se rindió honores a esa fecha que escogieron caprichosamente los comunistas. No recuerdo, por más que convoque a la memoria, alguna otra celebración de esa fecha en el cementerio santiaguero que se inauguró en febrero de 1868, unos meses antes del alzamiento de La Demajagua.

Esta caprichosa celebración de ahora me hace recordar a otra que alguna vez fue tradición en Cuba cada dos de noviembre, y en la que nuestros nacionales recordaban y hacían homenajes a sus fieles difuntos, aunque no con la misma euforia que despliegan todavía los españoles o los mexicanos en su celebración del día de muertos el primero de noviembre. ¿Y qué llevó a los jefes cubanos a decidirse por ese cementerio para hacer tal ceremonia?

¿Por qué correr ese riesgo de vitorear en un cementerio? ¿Por qué acabar con esa paz, con su caritativo silencio? ¿Acaso estaban anunciando algún deceso? ¿Sería esa muerte la de la revolución o fue solo para estar cerca de Fidel? ¿Fue para llevar la fiesta hasta esa piedra que lo resguarda? ¿Para señalarlo como el único centro imantado de la “revolución”? ¿Para hacerlo cómplice del discurso de su hermano? Sin dudas esa decisión tenía que ver con la estancia de Fidel en la necrópolis santiaguera.

Y allí hizo Raúl su discurso, más breve que los que concebía Fidel para fechas semejantes. Allí nos dijo lo mismo que hemos escuchado durante sesenta años. Allí advirtió que no hablaría a título personal, que sus palabras estarían más cercanas a los sacrificios del pueblo, que sin dudas son muchos y están muy lejos de los suyos, y de quienes le son cercanos; entonces hizo alguna mención al sesenta y ocho y al noventa y cinco, algún recuerdo dedicó  a Mella, Villena y Guiteras, para caer en la generación del centenario, la única que verdaderamente les importa.

¿Qué podría exhibir entonces las revolución del 59, qué celebraría? ¿Que se cambiaron las subordinaciones? ¿Que después de romper con los Estados Unidos dependimos absolutamente de los rusos? ¿Que estuvimos al borde de un holocausto durante la guerra de los misiles? ¿Que conseguimos ese subsidio de los rusos y que tras perderlo no pudieron arreglar el desastre? ¿Que volvimos, tras la debacle del socialismo europeo, a reconciliarnos con la idea de que no era tan malo ser un burdel?

Raúl no dijo nada de cuando Juana, Rosa, Ramón, Venancio y Rigoberto sufrieron de crueles neuropatías por la malísima alimentación que tuvieron durante años, por aquellas comidas donde se hizo tan evidente la carencia de vitaminas. Nada dijo el secretario del partido comunista de los males que atacaron a Reinaldo, Carlos, Raimundo, Carmen y Julieta, cuando estuvieron por África y contrajeron enfermedades de las que antes no teníamos noticias y que todavía nos acosan.

Nada dijo de cuando Yohandry, Yunieski, Yasmín, Yuleisa y Yusimí se contagiaron con el virus del SIDA porque se procuraron la comida enredándose en la cama con un canadiense, un alemán, un español, un argentino, un belga… Nada nos dijo Raúl Castro de los médicos a los que no les dio la gana de hacer el viaje de vuelta desde Brasil a La Habana, y mucho menos nos ilustró sobre el estado de las arcas que controla.

( Cubanet )

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