La derrota de un culto a la muerte: auge y declive del Estado Islámico

Las imágenes que circulaban este sábado por las redes sociales del que fue último reducto del ISIS en el poblado de Baguz mostraban el paisaje del desastre yihadista: un amasijo de decenas cadáveres y supervivientes en una desolada orilla del Éufrates. La profecía salafista sobre Dabiq, el lugar del norte de Siria donde la propaganda del ISIS predecía la batalla del final de los tiempos contra los infieles, se ha cumplido en sentido inverso en un desértico paraje de la frontera oriental iraquí, según publica El País, España.

La caída del Califato a manos de la milicia kurdo-árabe Fuerzas Democráticas Sirias (FDS) supone la derrota territorial de un culto de la muerte que enarboló la bandera de los agravios de la comunidad suní bajo hegemonía chií a ambos lados de la frontera. El salafismo externo acabó por imponer, sin embargo, una visión fanática de gobierno en el islam. Su universo de barbas y niqabs, sin música ni cigarrillos, ya es historia.

La coreografía de ejecuciones sumarísimas filmadas –incluida la de un piloto jordano quemado vivo– y la ensoñación en la web de un Estado utópico para musulmanes fue el banderín de enganche para reclutar brigadistas internacionales con destino a los frentes de Siria e Irak, adoctrinar a “lobos solitarios” a fin de que golpearan con el terror la retaguardia de los países que los bombardeaban y afiliar a decenas de grupos armados extremistas desde el sur de Asia (Afganistán) hasta África Occidental (Nigeria), pasando por el Sinaí egipcio o Libia.

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