Lenin y Cuba 

Recientemente, con motivo del aniversario del nacimiento de Vladímir Ilich Lenin, varios artículos en la prensa y mensajes en los medios oficiales intentaron realzar su imagen y justificar su influencia en la política cubana. ¿Realmente tienen sentido para los cubanos la obra y el pensamiento del revolucionario ruso? 

Hay mitos que precisan ser derribados en Cuba, y el de la supuesta figura heroica de Lenin es uno de ellos. No hay manera de que nuestro país alcance la verdadera democracia y la auténtica libertad bajo la sombra de uno de sus más acérrimos enemigos.

Lenin se dedicó a combatir frontalmente a los fundamentos del éxito y la prosperidad de cualquier nación: la democracia, la moral, la familia, la religión y las libertades individuales. En todas ellas quiso ver rezagos del pensamiento burgués que tenían que ser sacrificados para edificar sobre las cenizas al nuevo orden, pero en realidad sólo eran obstáculos para establecer su tiranía.  

Muchos Estados modernos nacieron con la violencia, debido a guerras de independencia o luchas por delimitar territorios y establecer la soberanía. Pero la Unión Soviética fue diferente. Fue el primer Estado que se gestó desde una filosofía: el marxismo. Tuvieron la primicia en llevar a proyecto social un pensamiento filosófico que además, contiene graves errores en su visión acerca de la historia, la política, la economía y las concepciones antropológicas. El papel de Lenin en todo esto fue clave. Tenía una personalidad enérgica y una voluntad férrea. Sabía manejar a las masas con los discursos y escribió profusamente. No tenía escrúpulos ni lealtades. Sólo así pudo crear ese monstruo político que fue la Unión Soviética. 

3CUBA

El país de los soviets surgió de una brutal guerra fratricida, y sólo logró conservarse reprimiendo a la oposición con una crueldad inaudita. A Lenin no le tembló la mano para mandar a asesinar a la familia del zar, incluidos sus niños. Tampoco para eliminar campesinos, sacerdotes, soldados y compatriotas de todos los sectores sociales usando un amplio abanico de formas de sembrar el terror ejemplarizante.

Esto incluyó campos de concentración, destrucción de iglesias y conventos, asesinatos masivos y sometimiento de etnias como los cosacos por los peores métodos. ¿En realidad merecen existir una sociedad y un sistema político que se originen en semejante crueldad? El supuesto paraíso proletario nació con el terror en sus entrañas y nunca se libró de él.  

Lenin era una maquinaria de hacer política, pero política sin alma. No existe una frase en sus artículos y discursos que denote un ápice de humanidad. Nada de afecto, ternura, ni calor humano. No hay una expresión que sea humanamente conmovedora. Nada de bondad ni empatía. Y fue así hasta su último momento, incluido su testamento político.  

En Cuba, con la adhesión al socialismo, los políticos necesitaron nuevos referentes. Lenin fue conveniente para instaurar un régimen que no guardaba relación alguna con la tradición de pensamiento de la Isla, y para eso pretendieron edulcorar su imagen. Sin embargo, no hay manera en que Lenin pudiera asimilarse a lo más auténtico de la idiosincrasia nacional. Sus ideas y métodos nos son ajenos. Autores como Julio Le Riverend pretendieron buscar zonas de convergencia entre José Martí y Lenin, pero el esfuerzo fue infructuoso. El experimento del socialismo cubano ha mostrado que un proyecto republicano democrático como el que Martí anhelaba no podría tener alguna continuidad histórica exitosa con los métodos y las doctrinas leninistas. La mayor prueba ha sido precisamente el fracaso del proyecto socialista en Cuba, su descomposición a todos los niveles. 

En Cuba se trató de implantar una versión más diluida del leninismo soviético, pero la lógica interna del proceso político obedece a su legado. La política en Cuba necesita librarse de la influencia de Lenin.

Es preciso comprenderlo tal cual fue, y retornar a lo más auténtico de la tradición del pensamiento cubano. Una frase de José Martí sobre los movimientos anarquistas y socialistas de su época parece la mejor respuesta a Lenin: de aquí que se mantengan lejos de los campos en que se combate por ira, aquellos que saben que la Justicia misma no da hijos, ¡sino es el amor quien los engendra! La conquista del porvenir ha de hacerse con las manos blancas“. 



 



 

  

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