Madre cubana desmiente el mito de la “potencia médica” (podcast y texto)


Converso  con Roxana Martínez Romero. Se trata de una madre que ha sufrido y sufre todos los días los desastres de la salud publica cubana. Jonathan David Martínez, su hijo de 8 años, nació con Mielomeningocele (espina bífida), una malformación congénita que no fue detectada durante el embarazo.

Al mes de vida los doctores cubanos decidieron operar a Jonathan y aseguraron que su condición mejoraría luego de la intervención. Pero el resultado empeoró la salud del niño, que vive postrado en una silla de ruedas bajo la atención permanente de su madre.


 


 

Producto de la inmovilización de su cuerpo, Jonathan padece de úlceras por decúbito, las conocidas “escaras”. Al ser lesiones expuestas, las escaras constituyen una vía de entrada de gérmenes que deben ser tratadas y de ser posible, erradicadas.

Pero el sistema sanitario cubano no le garantiza a Roxana Martínez Romero el tratamiento a su hijo. Tampoco se lo garantiza al resto de la población de la isla. No hay pomadas para curaciones, ni antibióticos, ni sesiones de rehabilitación.

Al más puro estilo nazi, la “potencia médica” señaló al niño como un individuo inviable, que no llegará a caminar y que, por tanto, no merece vivir.

“Los médicos cubanos se creer que son Dios, que pueden decidir quién vive y quién no”, señala Roxana Martínez Romero.


 

Jonathan David Martínez (8 años); nació con Mielomeningocele (espina bífida), una malformación congénita fácilmente detectable durante el embarazo. Su madre no supo de la condición de su hijo hasta después del parto. Los médicos aseguraban que el embarazo era normal.

 

¿Potencia médica, parasitismo económico internacional o chante político contra el pueblo de Cuba?

El mito de la salud cubana agoniza lentamente. Junto con él arrastra con sus insalubres hospitales y con las esperanzas de los profesionales del área y de los enfermos, que alguna vez creyeron el cuento de que la isla era una potencia médica, cuya supuesta gratuidad sanitaria, la hacía la más humana y justa del mundo.

La revolución castrista de 1959 implantó servicios sanitarios sin costos aparentes para el enfermo, pero la realidad es que Cuba nunca pudo solventar semejante gasto. Como en todas las zonas de su existencia, en la medicina el castrismo parasitó durante décadas del campo socialista, hasta que la poderosa bandera roja de la Unión Soviética cayó.

Tampoco es que antes de 1991 la salud cubana haya sido una maravilla. Ese también es otro de los mitos mejor labrados por la prensa, al servicio de la izquierda mundial.

Los expertos coinciden en que el gran éxito del sistema de Salud cubano se debe a que «la propaganda oficial lo convirtió en el mejor del mundo».

Luego, el castrismo se apoderó de Venezuela, país que pasó de tener un sistema sanitario acorde a la media mundial, a otro que representa una verdadera catástrofe institucional y hasta humanitaria.

Mientras tanto, los médicos, enfermeros y técnicos de ambos países son los peor pagados del mundo. La mayoría de los profesionales de la salud de Cuba sobrevive con un salario que no llega a los 1000 dólares al año.

Es de esperar, pues, que la atención que ofrezcan a sus pacientes sea también deficitaria. Durante estos días hemos seguido varios de los desastres de la salud pública cubana. No son todos, desde luego. Representan apenas la pequeña parte de los casos que trascienden a las redes sociales, esos que el régimen, aunque quiera, no puede callar.

 

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