Acercamiento a la obra de la poetisa cubana Miladis Hernández Acosta

Por Juan Carlos Recio Martínez.


 

REVELACIONES

 

La interrogación, no como duda, y el testimonio de la palabra que lee, no desde la inmovilidad, para contemplar el paso de lo que se vive, sino una marca exquisita de reinterpretar las lecturas propias, las ajenas, un duelo constante que se expande y habita en el interior del alma, cavila y vive como niebla que soporta su carácter legítimo de cadáver – no uno cualquiera-, el cuerpo poético, filosófico, estructural, de un discurso profundo que mueve ante el paraíso, además de su propia naturaleza indagadora, su exegesis y también su belleza.
La antología personal de Miladis Hernández Acosta no sobredimensiona el alcance de sus logros; es fuera de lo común, demasiado alejado de lo sobreexpuesto en estos tiempos dentro de Cuba, donde predomina la facilidad de repetir gritos agónicos como si el eco de la palabra en tanto denuncia y moda, convirtiera todo lo que acumula en decantar solamente sus padecimientos, con un lenguaje también sobredimensionado a captar esa agonía, desde el único discurso mediático por su deceso de temporalidad.
La confesión Infinita, desde sus múltiples lados contrarios, contra cualquier facilismo o moda, es literatura de inspiración desde el pensamiento atemporal.
La mujer que escribe tiene la entereza y el valor de convertirse en su propio riesgo. Ella no apuesta por agradar desde lo inicuo. Su logro consiste en las búsquedas perpetuas y complejas de inhalar la bruma de esas interrogantes, ir al tuétano de lo que se busca, y hacer al lector cruzar como expedicionario y actuante, como otro que avanza desde el surco de la aldea correctiva, que pasa por el fogaje de la espera que aplaza el futuro, que instruye su camino desde donde la poeta los convierte también en héroes y antihéroes como ella, instalados en la levedad de lo que se vive y se interpreta.
No puedo explicar donde comienza y termina este viaje profundo, porque el viaje mismo no es de ida o retorno, no es solamente luz o abismo, sombra o desidia.
También se expande sobre la esperanza, fluye como río de Heráclito en la conciencia. Deja de ser secreto lo que descubre, deja de ser mitigación de sus particularidades en cuanto uso de un lenguaje multicultural en ascensión de sus diversas fuentes y de su laboriosa inspiración, para convertirse en la accesibilidad a lo hermético, y cincelar como un orfebre que ha visto el mundo desde su propio mundo interior.
Sabe los pormenores de la infinita sombra, porque ha sangrado su escritura absuelta de las palabras omitidas, incluso se alinean y luego vuelven a expandirse sobre memorias de vidas, que también las ha creado con independencia, sin que sus lecturas lastren a golpe y unción, ante ese infinito cadáver expuesto como si fuera toda la gloria desalojada:  “Algo me come mi patria mi hambrienta algarabía/ Mi ocioso clavo sangra sobre el irrompible azar/ Abusa con fanáticas tribulaciones”. Y es que el viaje desde la lectura se torna clarividente, se entremezclan los roles, las historias, los personajes, porque como la poeta, sangras:

Con la resignación de los desposeídos
Pensando cómo permanecer en un país
Donde duele reanimarse en el techo. Contemplar
Vísceras del animalejo –espaciándose-
Por donde se asoma el ojo
Combustiona la muerte y me inicio
Como el ángel galardonado.
El tesorero en su hueste
Arraigado con el triunfo que se obtiene
A la misma hora que el insomne se desnuda
Ganancia que el eco repasa
Urdimbre de la imagen que fortalece.

Y después ya no importa que tanto soporta el viaje como entelequia de una razón que es a veces suicida, a veces vana ilusión, a veces perdidas remembranzas, suplicios, goznes donde asirse como ara o pedestal, como decir que ahí va tu voz fuera de su espíritu porque “Estar loco te sitúa en el paredón de los extintos.”

Ocurre entonces como en la vida que vivimos desde lo imaginado, que el viaje es su contrapeso desde lo armónico y rebelde, conserva la cima del confesionario, el patíbulo de las demarcaciones que define el encuentro de su expandida luz, que te convierte en víctima y victimario de todas esas cumbres y aciertos, del trasiego del esplendor de la literatura, que también te acoge en su órbita, desde una ruta que es ya su cosmos alucinante que te ha preparado para sus revelaciones:

“Conserva para sí los cuerpos tendidos
Sobre la niebla insalubre.
Hay cadáveres que me hacen pensar.
El agua de isla es húmeda
Veo en ella esos brazos asidos a la tierra. Quizás a la roca.
Quizás al pez que se petrifica ante el hedor de los difuntos.
El agua de isla sobrecoge extraños ojos
Vista desde lejos simula una bestia tragándose las osamentas.
Si me acerco puedo perderme junto a esos muertos comunes.
Me aterran las crecidas. Cuerpos que refractan al mediodía.
No hay tal grandeza en la ola que se aproxima.
Sé permanecer frente a ella.
Odiarla como una constelación vacía
Como una mariposa sobre un nylon roto.
¿Dónde existo si no en el fondo de esta agua que me bordea?
¿Dónde existo si no en ese sepulcro
¿Qué duplica a un niño muerto?
Lasciva ambición. Se ofrece maligna
Invita sumirte frente a los vivos.
¿Dónde existo si no frente al mar?
¿Dónde calmo la destrucción de la barca que gime?
¿Hacia dónde va esa agua que cada día me despierta invisiblemente?
Me intercambia, trafica, me abandona con su tono alusivo.
No quiero estrellarme en su derrumbe oscilatorio.
Soy ágil para las revelaciones.”

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