El ataque con cohetes sobre una base de EE.UU. en el Kurdistán iraquí

Anteanoche, un ataque con cohetes sobre el aeropuerto de Irbil provocó al menos un muerto y nueve heridos, la mayoría personal de la base militar de la Coalición Internacional contra el Estado Islámico (EI), publica La Vanguardia.

“Estamos indignados por el ataque” declaró el secretario de Estado norteamericano, Antony Blinken.

El atentado supone un serio reto para Joe Biden y su política hacia Irán después de un largo periodo en el que las acciones en la zona habían disminuido.

En el atentado, al menos catorce cohetes Katyushka fueron lanzados sobre el aeropuerto de Irbil. Tres habrían hecho blanco en el recinto utilizado por los ejércitos de EE.UU. y demás integrantes de la coalición.

Mientras que otros proyectiles cayeron en un mercado y en la zona diplomática, causando desperfectos en el consulado chino e hiriendo a cinco civiles.

Las autoridades kurdas lograron localizar el origen del lanzamiento en una camioneta KIA abandonada a siete kilómetros al suroeste de Irbil.

Es decir, cerca ya de la provincia de Kirkuk, recuperada por el ejército federal iraquí tras el fiasco del referéndum de independencia de 2017.

El atentado habría sido reivindicado por una milicia casi desconocida, Guardianes de la Sangre, que ha reclamado el fin de “la ocupación estadounidense”, también en el Kurdistán, en un comunicado en el que aseguran haber destruido “un dron y una avioneta de la CIA”.

La nacionalidad de la víctima mortal no ha sido revelada por EE.UU., que se ha limitado a decir que no era estadounidense, a diferencia de uno de los soldados heridos.

El medio kurdo Rudaw eleva a cuatro el número de estadounidenses en la lista de heridos e incluye otros extranjeros.

Irán se ha apresurado a desmarcarse “categóricamente” del ataque, aunque todos los indicios apunten a la responsabilidad última de alguna de las milicias chiíes integradas en el ejército iraquí tras derrotar al EI pero que conservan vínculos con Teherán.

Una dinámica que a finales del 2019 condujo a una escalada con EE.UU., al asesinato con dron del general iraní Soleimani en el aeropuerto de Bagdad y a la posterior respuesta con misiles por parte de Irán sobre objetivos militares estadounidenses, incluido el aeródromo de Irbil.

Desde entonces, la coalición internacional ha concentrado casi todas sus tropas en Irak –actualmente quinientas– en dicho aeropuerto. Cabe añadir que Donald Trump, en su último año, cerró varias bases y redujo a 2.500 los efectivos estadounidenses.

Ayer mismo, el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, anunciaba que la alianza planteará multiplicar por diez sus efectivos en Irak –entre los que hay militares españoles– para paliar el repliegue de EE.UU.

Pese a las declaraciones iraníes, jerarcas del partido kurdo gobernante declaraban ayer que se sienten víctimas del gran juego regional entre Teherán, por un lado, y Washington, por otro.

Mientras tanto, el origen del ataque servía al presidente kurdo, Nechirvan Barzani, para exigir que las zonas de población mixta que estuvieron hasta el 2017 bajo control peshmerga puedan votar en referéndum su integración al Kurdistán, tal como contempla la Constitución.

La jefa de la misión de la ONU en Irak, Jeanine Plasschaert, se ha hecho eco de ello, además de llamar a Irbil y Bagdad a sellar ya un acuerdo presupuestario.

Simultáneamente, prosigue la ofensiva del ejército turco en el norte de Irak contra el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), con la aprobación del Gobierno Regional del Kurdistán.

Hace tres días trascendió el fracaso de la misión turca para rescatar a trece de sus hombres, secuestrados por el PKK desde hacía cinco años.

Aunque la cueva que servía de zulo fue localizada, estaban muertos. Según Ankara, fueron ejecutados. Según el PKK, perecieron en los bombardeos.

Foto: AFP

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