El cafetazo con Ari Guilbert


Por Ivo Basterrechea


Me conecto todos los días, en algún momento de la madrugada, con uno de los personajes más auténticos de la sociedad cubana. Lo hago por Facebook, cuando la campanita de la alarma anuncia que el rapero contestario Ari Guilbert está ya en mi teléfono y en el de los otros cientos de personas, que repartidas por todo el mundo  seguimos sus directas.

Ari, como lo conocemos en su “yo soy yo”, sintetiza la nobleza del congo, la sagacidad del carabalí, el mambí inquieto, el guajiro de tierra adentro, al guapo abacuá en la ligereza de su fisonomía. También al ciudadano cívico, al cubano obligado a emigrar para allá, y para acá, al joven en su crazyman, en su raggamuffin y al viejo del cigarro en la oreja en su rutina madruguera, sin horario fijo, en busca del obligado café, con la incertidumbre de si lo encuentra, o no lo han hecho… consciente de lo que bebe, pero disfrutando al brindar con el cubano-israelita, el cubano-palermitano, el cubano-moscovita, el cubano-“niuyorquino”, el cubano-texano, el cubano-“mayamero”, sin husos horarios de por medio. Ari es la representación demográfica, social y cultural exacta de la Cuba del siglo XXI.

Y mientras va por su “cafetazo”, a los conectados nos “cronica” los sucesos del santiaguero barrio “sanpedriteño”, que bien pudiera ser cualquier barrio cubano, incluso capitalino, porque nada escapa al rasado de la miseria del régimen comunista.

Al auténtico Ari que no le importa la oscuridad, ni el miedo a la policía política, que ya lo ha detenido en plena directa, abre la ventana de su celular o móvil, cuando lo cree conveniente para “despistar” a los “segurosos etecsiarios” y crea su propio set debajo del bombillo de un “poste de la luz”, con la ambientación natural del canto de los gallos, el ladrido de los perros, uno que otro maullido de gato.

Cuando el clareado del amanecer lo permite, en su directa aparecen las imágenes de un poblado asolado por la epidemia en los tiempos de la colonia, sus charcos de aguas albañales en las calles, la basura amontonada en una esquina, una vivienda pauperizada por la indolencia gubernamental, el trote del caballo de un carretonero, el pregonar de los vendedores ambulantes, el grito de una vecina, y hasta el repudio de una vieja cederista increpándolo para que vaya a “hacer lo que hace” a otro lado, o avisa a la policía, el camión cargado de “avispas negras” trasnochadas rumbo al cuartel después de tener sitiada la ciudad, pero ni el más mínimo detalle escapa a las crónicas de Ari.



Cada estampa es una ventana que el cantautor santiaguero nos brinda a cientos de cubanos ausentes, forzados a emigrar desde hace muchos años, por la que al abrirla respiramos un par de horas de esas pequeñeces del amado terruño, y hasta nos endulza el amanecer con un estribillo del Benny, o nos provoca la carcajada al criticar al malogrado Fabré en su cantaleta vanguardista intemporal, o nos pone a reflexionar mediante sus burlas a Canel, a Fidel y Raúl, y a toda la geriatría burocrática y vividora, descarada y oportunista.

Mediante Facebook, Ari intercala cualquier intrascendencia en su habitual recorrido, como el dialogar con Pluto, un perro que cuando lo ve no para de ladrar. Él lo cuquea cuestionándole sobre la situación cubana. De hecho, cuando el perro no aparece en la directa, el chat revienta preocupado por Pluto.

Mediante las trasmisiones de Ari, los que estamos fuera tenemos también un encuentro cariñoso con la perra “Jinetera” o con el vecino demencial, al que Ari compara con el destino que le espera al pueblo si no se rebela a tiempo.

Sentimos, desde la pantalla a un niño gritar que Ari está hablando solo, porque lastimosamente desconoce “lo normal” del mundo tecnológico capitalista. También al borracho incrédulo que se asoma  al celular del anfitrión, pensando que Ari lo chotea al decirle que lo están viendo y escuchando cientos de personas en muchos países y por supuesto, esto pone los pelos de punta a los dictadores.

Y por último la familiarizada expectativa a la que nos vamos acostumbrando, cuando aparece el “ventiladorcito” en medio de la pantalla y la imagen del valeroso rapero se va “frizando” porque alguien desde el más allá de la piedra, le está tumbando la directa.


La Armada feat/Hay un pueblo.
Ari Gilbert
Liettys.
Liudmila-UNPACU.


 

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