Crónicas de una emigrante cubana del exilio histórico: el éxodo


Por Miriam Mata


Cuando salí de Cuba en 1961, con 18 años y solo con mi hermano menor, llevé sobre mis piernas, en el avión, a una niña de cuatro años. Como yo, la niña era de Guanabacoa. Conocí a sus padres en el aeropuerto ese mismo día, pues la pequeña viajaba sola como parte de la operación Peter Pan.

En el baño del aeropuerto me obligaron a quitarme el vestido y me revisaron de arriba a abajo. Salí como miles de cubanos lo hicieron al principio de la revolución, huyendo del comunismo y como millones continuaron haciéndolo por la misma razón durante largos años.

Junto a mi hermano Rolando Rodríguez Presmanes.

Han pasado más de seis décadas; sin embargo, no he olvidado lo que viví en Cuba antes y después de 1959. Por edad correspondo a lo que llaman “exilio histórico”, calificativo que nos dieron a los que llegamos antes de que el bochorno del marxismo se enraizara en nuestra patria. Fueron tiempos duros. Cuando se lo relatos a los más jóvenes creen que exagero, pero los exiliados de aquella época saben que digo la verdad. En Miami, Hialeah y otras ciudades nos congregamos los que tuvimos la suerte de escapar del régimen, pero estando lejos seguimos siendo víctimas del comunismo. Y es que hay daños que resultan irreparables. Nada sana el abrupto corte que nos obligaron a hacer con nuestros familiares y amigos que quedaron en Cuba. Nada sustituye los recuerdos de la Cuba feliz y próspera en los que pasé mi infancia y mi adolescencia. Nada mata definitivamente esa sensación de duelo; ese vínculo invisible entre el victimario y su víctima permanece vivo a mis más de 70 años.

Si hubo un lado amable en esta historia creo que fue la solidaridad que generó ese exilio inicial. En aquella época se hacían recolectas para pagarle a algún cubano su boleto para salir de Cuba. En los periódicos anunciaban quienes salían de la isla y cuál sería la fecha tentativa de llegada a Miami.

Para los que creen que nos fue fácil llegar y establecernos, les digo que no lo fue. En mi caso y en el de muchos otros exiliados la única ayuda que recibimos fue un diccionario bilingüe inglés a Español y la dirección de un lugar en el que regalaban ropa usada.

No. Entonces no existían tarjetas EBT o Food Stamps. Tampoco créditos federales para estudiar, por ejemplo.

La ayuda que nos daban a mi hermano y a mí era de $66.00 al mes, que mucho agradecimos, pero que resultaba insuficiente para costearnos los gastos del mes. Sobrevivimos mejor porque una de mis tías nos acogió y eso nos libraba de pagar renta.

El teléfono era de línea compartida, pero llamar a mis padres en Cuba era casi imposible por días y a veces por semanas, porque la operadora del lado cubano – en aquel tiempo todo se hacia manualmente- casi nunca respondía.

En el Condado Dade como se llamó en aquella época, no se encontraba trabajo. Muchos tuvieron que marchar al norte, como le sucedió a mi hermano, ya que después de caminar por Miami Beach todo un día, de hotel en hotel, el sol le causó una infección en los oídos que lo privó de buscar empleo casi por un mes.

¡El pobre! No lo aceptaban porque apenas tenía 16 años.

Meses más tarde yo conseguí un empleo temporal frente a la corte del Downtown.  Era una oficina donde se renovaban las placas de los autos. Allí gané mi salario de $20.00 a la semana. Sí. Por entonces me pagaban 50 centavos la hora, pero comencé a sentirme independiente y más adulta, tanto que compré mi primera cajetilla de cigarros.

Olvidé decir que me atraía fumar desde la adolescencia. Mi padre siempre me dijo que solo podría hacerlo cuando pudiera pagarme el vicio. Es uno de los consejos que más le agradezco. Fumar es malo, pero delegar nuestros gastos en otros es peor.

 

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