Apostillas al socialismo


Por Alberto Lorente.


Hay muchos intelectuales cubanos que siguen apostando por el Socialismo como vía política para Cuba, planteando que la dictadura cubana no es socialista o que deformó las teorías de éste.

Desde los primeros experimentos comunales de Saint Simon, el socialismo no ha sido más que la institucionalización forzosa de la hermandad y la colectivización de la riqueza expropiada.

La teoría marxista, con su hipnotismo filosófico, prendió en esas grandes masas obreras que erigían el skyline capitalista de la Europa del siglo XIX, de ahí que sus posteriores hermeneutas hayan apostado hasta el cansancio por los conceptos de <<enajenación>> y <<alineación>>. De ahí también que el socialismo tendría que brotar de las mismas <<entrañas alienantes>> del capitalismo como prefacio de la llegada del comunismo como modelo mundial, según Marx. Hoy por hoy sabemos que el socialismo-comunismo terminó concretándose en los países más atrasados, o terminó subvirtiendo la prosperidad de algunos de ellos, como Cuba.

Antes que Lenin diera la vuelta de tuerca a la teoría marxista ya el socialismo comenzaba a destilar veneno en plena democracia, y se ponía apellidos para disimular sus intenciones, en este caso socialismo democrático. Recordemos la Sociedad Fabiana inglesa de fines del siglo XIX, y su trabajo de manipulación de la opinión pública y la captación de personalidades de la cultura, como el dramaturgo Bernand Shawn. No por gusto el emblema de dicha sociedad era un lobo con piel de oveja.

El Socialismo (contra toda experiencia fáctica) se sigue visualizando como el único sistema social de valores positivos. Esto cuando menos es cuestionable, ya que el socialismo para promulgar sus políticas públicas viabiliza mediante la implantación de un Estado paternalista, eso que Trotsky llamó <<dictadura pedagógica>>, como objetivo para lograr el consenso obligatorio y de paso negar el progreso. En la concepción socialista y su profunda incapacidad para generar riquezas, se pensó, de Marx en adelante, que una alianza entre la ciencia y la industria en términos de relaciones de producción masificadas, llevarían paulatinamente a la desaparición del Estado, el dinero, la burocracia y la administración de justicia. Disparate poético que terminó en las antípodas, o sea, creando un Estado absolutizado, pervirtiendo la justicia, potenciado el burocratismo y necesitando más ayudas económicas que nunca.

Julio Lorente.

En el caso de Cuba muchos parecen desconocer, o peor aún, intentan minimizar la efectiva experiencia capitalista que tuvimos desde el siglo XVIII, y durante la República truncada por la revolución. Aquí se podría hablar de la pequeña propiedad privada planteada por Saco. La existencia de un mercado interno agropecuario eficaz, rastreable en la labor del Conde de Pozos Dulces. Se podría hablar también de la República, más allá de esa imagen caricaturizada de niños con parásitos y analfabetismo que promueve la historiografía oficialista. Cabe decir que en este periodo existía la pluralidad política de la opinión pública, existió un crecimiento sostenido de los mercados internos y extremos, la demanda de

productos básicos pudo ser autoabastecida, se alcanzó la paridad entre el peso cubano y el dólar, el habeas corpus tenía cierta validez, aun en dictaduras como la de Machado y Batista. Y como colofón extraordinario la Constitución del 40; carta magna admirada en el mundo. Es cierto que de un 10% a un 30% de la población quedó marginada de esta modernización de corte liberal-capitalista, pero nunca antes ni después Cuba alcanzó los estándares de desarrollo y bienestar de entonces.

Gran ironía resulta que después que se desintegró la URSS la economía socialista cubana tuvo que acercarse paulatinamente a la economía capitalista, de esto dio fe la despenalización del dólar, la creciente presencia de capital privado extranjero, y más reciente los terribles experimentos de la <<Tarea Ordenamiento>>; suerte de capitalismo salvaje estilo povera.

El socialismo no funciona (no pongamos los países nórdicos de ejemplo porque eso de socialismo tiene el nombre nada más), así se diga liberal, democrático, comunista, etc. Y no funciona porque aspira al control estatal que deriva en la progresiva cancelación de los derechos ciudadanos en nombre de ciertas garantías públicas que en manos absolutas del Estado caen en la más rotunda miseria. Si la práctica del socialismo genera desastres allí donde se aplica a plenitud, y quienes intentan enmendar sus costosos errores plantean que es un problema de interpretación errónea del propio socialismo, entonces esta práctica política es más un arquetipo ideal que una instrumentalidad efectiva para conducir a un país hacia resultados positivos. Así se puede entender como la autoridad socialista, originada en Marx con ínfulas metafísicas, y ensayada en sus dos grandes bloques históricos, la socialdemocracia y el comunismo, termina siendo desautorizada por los sucesos de la historia y los avances científicos.

No cabe duda de que un futuro democrático en Cuba tendrá que darle espacio a quienes deseen defender la opción socialista, claro está, en un marco de legalidad que haga punible cualquier intento de capitalizar el poder. Tendremos, a su vez, que desbloquear ese rico pasado nuestro lleno de experiencias productivas y pragmáticas. Y eso empieza por el restablecimiento de los derechos ciudadanos y la pluralidad política.

No es dañina la desigualdad provocada por la capacidad y el emprendimiento individual, más bien es necesaria para una sociedad que promueva los mejores esfuerzos y valores de sus ciudadanos. Lo que nunca será bueno ni arrojará resultados positivos es la igualdad provocada por la miseria provocada.

La política no es poesía, arte o cualquier otra forma de sublimación. La política es un instrumento que mal utilizado les jode la vida a millones de personas, literalmente.

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