Pequeño catecismo revolucionario


Por Julio Lorente


Desde que apareció en la obra de Copernico De revolutionibus orbium coelestium, referida a la órbita de los astros, la palabra “revolución” ha adquirido cierta relevancia sin la que es muy difícil entender muchos de los procesos históricos que han modelado la historia de Occidente.

Se habla por primera vez de ella aplicada a un proceso político en la llamada Revolución Gloriosa, llevada a cabo en la Inglaterra de 1688 y que depuso al rey Jacobo II.

Esta celeridad que lleva a implantar un nuevo orden social en la lucha directa, y casi siempre violenta, contra el ancien régime, tienen su ilustración más acaba en dos revoluciones que perfilan el rumbo de la modernidad y que se dan por caminos ideológicos diferentes con resultados por lo tanto contrastantes: La Revolución norteamericana y la Revolucion francesa.

La primera imbuida por las concepciones liberales de Locke que poco a poco fueron permeando a los colonos norteamericanos, remarcadas por el expolio británico, y la segunda por una prédica providencial originada en la ilustración y sobre todo en la figura idealista de Rousseau, agravada por el estado de miseria del pueblo francés.

El constitucionalismo de la primera del que nació el Estado de derecho, y la imponencia de un régimen de igualdad forzada que derivaría en el terror más absoluto de la segunda, marcan sin duda alguna los derroteros políticos que le van a seguir por resultado.

De modo que la palabra “revolución” encarna cierta peligrosidad destructiva y a la vez un entusiasmo que nubla el juicio de las colectividades que participan en esos cambios políticos, como observaba Kant en su Filosofía de la historia.

El evento revolucionario tiene un tiempo corto si por esto entendemos ese proceso de destrucción del régimen que le antecede, aunque hay autores como Tocqueville que lo alargan un poco más.

Diríamos que ese tiempo posterior a esta aceleración histórica es más bien la institucionalización de la revolución, que termina siendo un proceso post-revolucionario.

La permanencia de una revolución en el tiempo es una forma de falsificación política para justificar la propia radicalidad que nace de la empresa revolucionaria. Si tomamos ese primer estallido orgánico en febrero (marzo en realidad) de 1917, en Rusia, podemos decir que ahí está la revolución auténtica, la que hace abdicar al Zar, ya después lo que sucede es un golpe de Estado bolchevique que radicaliza las formas de la misma y resulta entonces una dictadura de partido comandada por Lenin. El concepto leninista de “revolución permanente” no es más que la legitimación ideológica de una dictadura que se resguarda en el ánimo simbólico de una revolución devenida consigna.

Se podría decir que unos de los eventos más significativos de la segunda mitad del siglo XX, fue ese dado en llamar Revolución cubana. La expectación que despertó, utilizando una definición más contemporánea, fue mediática, era como si tomara forma definitiva esos sueños utópicos de justicia que habían jalonado a Occidente desde que Colón chocara con el “Nuevo Mundo”, y para colmos de las ironías era Cuba nuevamente el futuro reino del rey Utopo.

El peregrinaje político e intelectual no se hizo esperar. Una lista de entusiastas, encabezada por Jean Paul Sartre, anotaban todo con exaltación en esta especie de taxonomía del ideal, tanto así que el filósofo francés facturó un libro exprés en treinta días sobre el espíritu revolucionario de Cuba: Huracán sobre la azúcar.



La deriva totalitaria llegó con rapidez y la Revolución cubana terminó precipitándose en ella. La teatralidad moralizante que recuerda el culto a la razón, de Robespierre, y que un poco encarna el Che Guevara del Socialismo y el hombre en Cuba, ilustra cómo esta exaltación – cada vez más limitada de las opciones políticas -, lleva a la nulidad paroxística del caudillo y su pueblo, todo esto “en nombre de la revolución”, si recordamos a Lenin. Finalmente, Fidel Castro con la anuencia de la URSS terminaría implementando el Marxismo-Leninismo como praxis.

Hannah Arendt en Sobre la revolución, anota que hay ciertos elementos que distinguen a la revolución moderna de las revueltas sociales de antes, o de los simples cambios políticos o luchas civiles que perturbaban a una sociedad, como por ejemplo la Stásis griega, y esto es la concepción de la pobreza como arma política para enjuiciar a la “clase opresora”, y, a su vez, la igualdad como prédica aspiracional de una multitud que aspira a una planimetría social donde el poder sea de todos, aunque siempre termine capitalizado por unos pocos.

De modo que esta ficción de justicia social resulta en el más profundo desencanto. La polarización del sentido electivo termina haciendo de la revolución una paradoja que casi siempre arriba a un orden totalitario en nombre de la colectivización de una aspiración.

 

 

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