De un socialismo de Estado a un capitalismo de Partido


Por Julio Lorente


El fracaso de las utopías políticas suele justificarse por alguna imperfección moral del colectivo que se aventura en su concreción. Pero el actuar humano desde la individulidad hasta la colectividad que finalmente lo contiene no se define con una simplicidad tan caricaturesca, más bien resulta una filigrana de procesos interdependientes que expresan en el mercado o en el intercambio de la materialidad que soporta a las sociedades su viavilidad o su fracaso.

Ludwing Von Mises, en La acción humana, comprende que la economía, emergida como la ciencia más joven y no sin una complejidad resultante, dota al hombre de una comprensión más amplia de fenómenos que se dan en la interacción humana y que desbordan el conocimiento de otros saberes más tradicionales. A su vez, observa como la economía, finalmente, promueve el análisis de un aspecto fundamental para el hombre en sociedad: la posibilidad de elegir.

Los cubanos vivimos en una negación histórica que para nada rememora la “negación de la negación” hegeliana, más bien se podría definir como su antítesis. Una negación que se legitima en la imposiblidad de cualquier reforma política y por lo tanto la posibilidad humana de elegir queda anulada: el socialismo cubano es irrevocable.

Esta versión tropical del “fin de la historia” de Fukuyama, que ata los destinos de un país a un modelo político que firmó su acta de defunción en 1989, desconoce a su vez el más elemental de los principios: la inmovilidad política genera inmovilidad económica y de ahí al desastre sólo hay un paso, es cuestión de tiempo.

De modo que la improvisación para hacer sobrevivir al ego político empeora las posibilidades. Esos híbridos que parecen funcionarle a China a costa de su brazo esclavo de producción, en Cuba se estrellan contra la incapacidad de un sistema económico-productivo y una clase política que dilapida los pocos recursos en explotación, o más bien, los usa como monopolio personal.

Los Estados nacionales ya no se constituyen a partir de una pugna territorial o por una hegemonía militar e histórica, por eso esgrimir la soberanía como un escudo de oclusión al ritmo del mundo es un suicidio declarado, que sufre, claro está, la gente de a pie, no la de una clase política que vive del robo en nombre de una legalidad socialista.

El socialismo cubano más que conservador, momificado, no entiende que en una economía globalizada el capital es un viajante que recala allí donde encuentra condiciones más favorables para la inversión y la producción. Y de ahí a la prosperidad también hay un paso.

La gran paradoja resultante es que el Estado socialista cubano pretende usar de modo usurero cierto simbolismo -que ha estas alturas sólo pueden creer ingenuos o cínicos- que sigue presentado la imagen de ese Estado benefactor de servicios sociales humanistas, cuando en realidad ese mismo socialismo de Estado ha creado una economía paralela al dólar a la que sólo tiene acceso un grupo de privilegiados extranjeros y nacionales, que se sirve de un capitalismo de mercado pero que desestima a su vez el carácter profundamente moral del mismo: la igualdad de oportunidades.

El resultado obvio de todo esto ha sido una economía ausente que sigue improvisando con crueldad y que se soporta por el monopolio de la fuerza; la misma fuerza que se enmascara bajo una afirmación colectiva de  modelo unívoco.

Volviendo a la fina percepción de Mises, a los cubanos nos han negado la posibilidad de elegir, sin eso no es posible una acción humana plural, libre finalmente. “Ocultar una finalidad reformista”, utilizando una expresión de Samuel O. Huntington, ha sido la intención de un poder agotado que no le queda más opción que aferrarse al músculo militar ante la creciente crispación social. Un socialismo de Estado que ha terminado en un capitalismo de Partido que entiende a  Cuba como una empresa privada, sólo que la riqueza que produce es producto de un saqueo que reparte miseria para las mayoría como capital.

 


Sobre Julio Lorente:

Graduado del Instituto Superior de Arte en el 2012, es un artista visual que dedica tiempo también a la escritura y la reflexión política sobre Cuba y el mundo. Colabora con varios sitios en red como Hypermedia Magazine y desarrolla proyectos curatoriales y expositivos.


 

 

 

 

 

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