15 N: entre la realidad y su dramaturgia


Por Julio Lorente


Lo que se esperaba como un día histórico de cambio para Cuba resultó en un desinfle ante la represión profiláctica del Estado cubano, combinación de fuerza policial y  actos de repudio al más puro estilo ochentiano. Aunque era una obviedad que iba a pasar de este modo ante el dilatado anuncio del grupo Archipiélago, se puede afirmar  que esta fue otra estocada a la porosa credibilidad del régimen cubano, cada vez más dependiente de la fuerza bruta ante la perdida de su hegemonía.

En esta guerra de símbolos Yunior García, dramaturgo de formación, explayó una protesta pacífica de altas cuotas teatrales apegada a su propia concepción de la realidad. Su eticidad asumió a Cuba como proscenio, a lo que el Estado cubano respondió como director inconforme tapiando su ventana con un telón-bandera que ha legado quizá la imagen más elocuente de lo que se puede llamar sin dudas: el drama totalitario.

Este teatro de la crueldad, utilizando a Antonin Artaud de referente, sigue generando su propia dramaturgia en lo que parece la agonía sin fin de un poder caótico que se niega a desvanecerse en los vapores de la historia. El dramaturgo cubano muerto en el exilio José Triana, comentaba que en su forma de hacer teatro él buscaba una manera de dinamitar esa mitomanía perenne en la historia nuestra, aunque por resultado termináramos atrapados en una espiral infinita, en “una locura del mito”.  Esa es una sensación amarga que queda luego de esta nueva desilusión, pareciera que esa misma locura del mito convierte a la bandera cubana en un telón de acero que nos condena a una nacionalidad apócrifa que nos es más que pura ideología.

Ahora bien, más allá de éstas metáforas espinosas existen conclusiones necesarias. Cuba está a las puertas del alumbramiento doloroso de un nuevo orden cívico, y como tal se empieza a reclamar el cambio de súbdito al de sujeto ciudadano. Rebasar la crisis cubana sólo será posible mediante las libertades públicas y su consecuente bienestar material, pero la recuperación no será posible no si no desterramos de esta nueva moralidad cívica naciente la intolerancia doctrinaria. Si entendemos que la nación está antes que el Estado, si entendemos que la cultura existe antes que un partido, entonces tendremos que entender por consecuencia a esa cultura cubana como el registro democrático de todos los discursos que se desprenden del cuerpo de la nación. El 15 N echó a andar una nueva dramaturgia, que desde ya hasta el desenlace de esta obra estará interpelando a la realidad.

 

 

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