Un consejo de un profesor de finanzas: no pierdas tu tiempo con las criptomonedas

Durante un discurso en una academia militar en una época en que el precio de un solo bitcoin era de alrededor de 60.000 dólares, me preguntaron —como nos ocurre con frecuencia a los profesores de finanzas— qué opinaba sobre las criptomonedas.

En vez de responder con mi escepticismo usual, decidí hacer una encuesta entre los estudiantes.

Resultó que más de la mitad de los asistentes habían realizado operaciones con criptomonedas, en general financiadas con préstamos.

Quedé perplejo. ¿Cómo era posible que este grupo de jóvenes invirtiera tiempo y energía en algo así? Y esos estudiantes no eran los únicos.

El interés en las criptomonedas ha sido más pronunciado entre los integrantes de la generación Z y los millennials. En los últimos 15 años, estos grupos se convirtieron en inversionistas a una tasa nunca antes vista, y con expectativas demasiado optimistas.

He llegado a ver a las criptomonedas no solo como activos exóticos, sino como la manifestación de un pensamiento mágico que ha infectado a parte de la generación que creció tras la Gran Recesión y, de manera más amplia, al capitalismo estadounidense, publica NYT.

Para estos efectos, cuando hablo de pensamiento mágico me refiero a la premisa de que las condiciones propicias continuarán para siempre sin tomar en cuenta la historia.

Describe una postura en la que se minimiza el papel de las restricciones y los sacrificios en pos del tecno-utopismo, con un énfasis que se limita a los resultados positivos y la novedad. Es la confluencia de virtud y comercio.

¿De dónde salió esta ideología? Un periodo excepcional de tasas de interés bajas y liquidez excesiva crearon el ambiente perfecto para el florecimiento de sueños fantásticos.

El uso generalizado de tecnología en las relaciones con los consumidores llevó a las personas a creer que la empresa detrás de la plataforma más nueva o el empresario arrogante de tecnología de más reciente aparición tienen el poder para cambiar todo.

El enojo causado por la crisis financiera global de 2008 creó una atmósfera receptiva a soluciones económicas radicales y el decepcionante desempeño de la política tradicional trasladó las ambiciones sociales al mundo del comercio.

El semillero de los peores periodos de la covid exacerbó tremendamente estos impulsos, cuando nos la pasábamos sentados frente a nuestras pantallas en total aburrimiento, activados por un flujo de dinero que parecía gratuito.

Ahora que el bitcoin se vende a alrededor de 17.000 dólares, el precio de las acciones va a la baja y abundan los despidos en el sector tecnológico, estas ideas han comenzado a desmoronarse.

El desmantelamiento del pensamiento mágico será un acontecimiento dominante esta década de un modo doloroso pero, a fin de cuentas, restaurador. Y será más doloroso para la generación condicionada a creer esas fantasías.

Las criptomonedas son el conducto ideal para estos impulsos. Un activo especulativo cuyo valor predeterminado subyacente es endeble deja abiertas todas las posibilidades para darle significado. Los partidarios de las criptomonedas prometieron sustituir a las monedas tradicionales y ocupar el lugar de los gobiernos.

Se comprometieron a oponerse al sistema financiero y bancario tradicional con un esquema de finanzas descentralizadas.

Afirmaron que podrían resistir el supuesto control absoluto de las gigantes de internet sobre el comercio mediante algo llamado web 3.0. Insistieron en que podríamos olvidarnos de la ruta tradicional hacia el éxito con educación, ahorros e inversión si invertíamos a tiempo en dogecoin, una moneda meme cuya creación fue una broma y cuya capitalización de mercado llegó a superar los 80.000 millones de dólares……….

Mihir A. Desai

Foto: internet ,esic.edu

Vía: NYT

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